La inmigración es una oportunidad permanente. Capítulo 1
Uruguay y España no son la excepción. El mundo está
cambiando a gran velocidad debido, entre otras causas, a la tecnología y al
envejecimiento de la población. Por eso, comprender el impacto de la migración
es fundamental si queremos anticiparnos a lo que está por venir. Este análisis
consiste en reflexionar sobre el modelo de sociedad que deseamos construir y
actuar a tiempo para evitar lo que algunos consideran un colapso inminente.
1. La pirámide poblacional
Los estudios técnicos indican que el mundo avanza hacia una
sociedad más longeva en la mayor parte de los países. Con menos nacimientos, la
pirámide poblacional se vuelve cada vez más estrecha en su base, lo que refleja
que las defunciones están superando a los nacimientos.
En este contexto, la inmigración es determinante para
iniciar una fase de recuperación sostenida. Por ejemplo, entre los años 2000 y
2010, los flujos migratorios permitieron a España mantener el crecimiento,
rejuvenecer la pirámide poblacional y frenar la pérdida de población activa.
Actualmente, la tasa de fecundidad —situada en torno a 1,1 hijos por mujer— es
insuficiente para asegurar el relevo generacional, mientras que la esperanza de
vida ya supera los 84 años, consolidándose como realidades indiscutibles.
Por su parte, Uruguay —según datos oficiales del Instituto
Nacional de Estadística (INE / GUB.UY)— alcanzó su población máxima en 2020 con
3.510.305 personas. Desde entonces ha comenzado a reducirse y se espera que
para el año 2070 llegue apenas a los 3 millones de habitantes. Esta disminución
responde a un crecimiento natural negativo y sostenido, producto del descenso
en la natalidad y el aumento de las defunciones. Este cálculo se basa en el
supuesto de un saldo migratorio exterior nulo, lo que acentúa la importancia de
la inmigración como un factor equilibrante indispensable.
Para 2070 se proyecta que el 32,5% de los uruguayos tendrá
65 años o más, el doble que en la actualidad (15,8%), en tanto la fecundidad continúa en
niveles históricamente bajos: en 2023 la tasa global fue de 1,27 hijos por
mujer, y se prevé que caiga hasta 1,2 entre 2025 y 2026, con una leve
recuperación a 1,5 hacia 2070. Estos valores se sitúan muy por debajo del
umbral de reemplazo generacional necesario (2,1 hijos por mujer) para mantener
estable a la población sin recurrir a la inmigración. La combinación de menos
nacimientos y vidas más largas altera la composición por edades y aumenta la
presión sobre las pensiones, la sanidad y los cuidados de larga duración.
2. La incidencia cultural
Además del factor demográfico, la inmigración transforma la
vida colectiva al aportar costumbres, idiomas y formas de entender el mundo que
enriquecen la convivencia. Asimismo, refuerza el dinamismo social, impulsa
cambios generacionales y amplía la diversidad y la capacidad de adaptación del
conjunto de la sociedad.
En resumen, provoca transformaciones sociales, económicas y
territoriales de gran significación, con efectos directos sobre la estructura
poblacional, el crecimiento económico, el mercado laboral y la sostenibilidad
del sistema de bienestar.
3. Consecuencias de una baja inmigración
Si nos enfrentáramos a un escenario de baja migración, tanto
Uruguay como España se irán encogiendo demográficamente. Nadie podrá evitar el
descenso de los nacimientos ni el aumento de la expectativa de vida, lo que
provocará que la oferta laboral disminuya sin paliativos.
Sin embargo, Uruguay y España no están solas en esta
realidad. Otras economías avanzadas, como Japón, Corea del Sur o Italia, se
enfrentan desde hace años a un envejecimiento acelerado y a tasas de fecundidad
muy por debajo del nivel de reemplazo. En consecuencia, la llegada de nueva
población no solo compensaría la caída de la natalidad, sino que ampliaría la
población en edad activa, aportando diversidad, nuevos vínculos y formas de
participación social, además de impulsar el crecimiento y la prosperidad
económica. Claro está que estos beneficios implican un gran reto: integrar a
quienes llegan, garantizar el acceso equitativo a la vivienda, la educación y
el empleo, y fortalecer la cohesión social.
4. Consecuencias a largo plazo
La inmigración es, además de una variable demográfica, uno
de los factores clave que determinará qué tipo de país seremos en los próximos
años: más dinámico o más estancado, más equilibrado o más concentrado, más
inclusivo o más desigual. Así, las tendencias internas apuntan a que, sin estos
flujos, ambas naciones tenderían a reducir drásticamente su población y a
acentuar su envejecimiento.
España
Si España mantiene unos flujos migratorios similares a los
actuales, la población total podría situarse en torno a los 55 millones de
personas en 2075, según las proyecciones de población del INE. Pero si esos
flujos se reducen, el país no solo crecería menos, sino que se achicaría hasta
rondar los 40 millones de habitantes; es decir, podría perder más del 25% de su
población total.
La brecha es aún más relevante cuando se analiza la
población en edad de trabajar. Si se mantienen las tendencias actuales, España
contaría con cerca de 33 millones de personas entre 16 y 64 años. En cambio, en
un escenario de baja inmigración, ese número caería hasta los 24 millones. Esto
supondría 9 millones de trabajadores menos para sostener la actividad
económica, la innovación y el bienestar del país. En ambos escenarios, la
población mayor de 65 años seguirá aumentando, lo que confirma que el
envejecimiento es un rasgo estructural de la demografía y no una anomalía
pasajera.
Uruguay
Uruguay también registra guarismos preocupantes. De las
3.400.000 personas que habitaban el país en el año 2024, el Instituto de
Estadística estima que se pasará a 3.000.000 en el 2070. Al mismo tiempo, los
553 mil ciudadanos censados como mayores de 65 años en 2024 se incrementarán
hasta alcanzar los 990 mil para el año 2070, tal como reflejan los indicadores
de longevidad del país para dicho período.
El país presenta una tasa de natalidad en mínimos
históricos. Se proyecta que para el año 2070 existirá una relación de casi tres
adultos mayores por cada niño, lo que afectará drásticamente la proporción de
personas en edad de trabajar. De este modo, la edad media de la sociedad subirá
de los 39 a casi 50 años, presionando a la baja la Población Económicamente
Activa (PEA).
Por otra parte, los análisis a corto plazo del CINVE y de la
CEPAL reflejan que el PIB uruguayo tendrá un crecimiento contenido (en torno al
1,6%), lo que limitará la expansión rápida de nuevos puestos de trabajo.
En consecuencia, la evolución de la inmigración en Uruguay
se consolidará como el principal motor de alivio demográfico ante la caída de
la natalidad. A ello contribuirá una mayor presión de solicitudes de refugio y
asilo. De acuerdo con reportes de la Agencia de las Naciones Unidas para los
Refugiados (ACNUR), el volumen de personas forzadas a huir de sus países que
eligen tanto a España como a Uruguay se ha incrementado significativamente,
acumulando decenas de miles de solicitudes en análisis. Esto ha impulsado
iniciativas de regularización y debates en el parlamento sobre normativas como
la "residencia por arraigo" para agilizar la inserción de estos
migrantes en la economía formal.
Un reciente estudio de Funcas concluye que siete de cada
diez nuevos afiliados en términos desestacionalizados son extranjeros. La
aceleración del crecimiento de la afiliación extranjera registrada en mayo de
2026 podría estar directamente relacionada con la regularización de inmigrantes
que antes trabajaban de forma informal. Este hecho determina un crecimiento
directo en la recaudación fiscal, lo que beneficia directamente a la
sostenibilidad del Estado del bienestar.
Continuará
m.v.g.
- El autor declara que el artículo se realizó de forma independiente y AJUPENURE no ha participado en ninguna etapa del manuscrito.

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